Te imagino en una habitación muy oscura, en una esquina, casi engullida por las sombras. Lloviendo a mares fuera, las gotas estampándose contra la ventana. (De las tormentas que duelen en los hombros.) Mirando a la niña de la cama dormir. Te imagino yendo hacia ella y besándole la frente, arropándola entre las mantas, como si la lluvia estuviera dentro y quisieras protegerla. (Sólo era una niña y no tenía que calarse.)
Dejé de creer en los héroes a tiempo completo, pero creo que todos tenemos el potencial de serlo aunque sea un instante. Para mí llevas el espíritu del héroe contigo desde que eras la niña dormida. Aunque no te tocase ser un héroe.
Lleva tiempo curarse las alas después de caer sin remedio y hacerse pedazos. Lo sabes igual que yo.
Todo aquel que quiera conocerme debería saber que tengo una lista de reproducción sólo para llorar.
El otro día fui sentada en el asiento 26E y pensé en escribirte, pero me dolió sólo pensar en el recuerdo que pudieras tener de mí. Hasta ahí llega mi cobardía, aunque creo que lo mío es algo peor que eso. Es más que debilidad. Y es egoísta. Así que hoy no lo he pensado mucho y te he escrito. Y sé que me has leído. Y el silencio dobla todas las esquinas y me encierra en el gris.
(Tu silencio es el silencio, ocupa el espacio entero, es el mar de noche.)
Tengo mil fantasmas acosándome. Me traen el frío a los huesos. Me arañan el alma, quieren hacerla jirones. No sé cuánto tiempo hace falta para que se vayan los demonios. No sé qué está pasando.
Tengo muchas canciones prohibidas. Me diluyen, me desangran.
Estoy esperando a crear mi propia ola. Una que me levante y me impulse tan rápido y con tanta fuerza que crea que me voy a matar contra las rocas, para que al final me deje encima. Con veinte mil magulladuras, pero encima. Con más adrenalina que nunca.
Curioso que quiera una ola cuando el mar se me desborda por los ojos.
La música me mata y me resucita.
Lo siento, necesito que me revienten las emociones de vez en cuando. Todo en orden.
(Prefería sufrirlo
mil veces antes que infligirlo.)
Te imagino entre las olas un día gris. Siento tanto no haber sido ancla. Siento tanto haber sido el iceberg con el que chocaste (era mayo y yo tuve que haber estado fría, más fría que el puto invierno). Siento tanto que te llevara la marea. Siento tanto el teléfono sin respuesta. Siento tanto haberte llovido. Siento tanto haberte intoxicado con mi amor caducado. Siento tanto todos los sitios que llevan nuestro nombre. Siento tanto tus piezas rotas. Siento tanto que no tuvieras quien te arreglara.
Pero sobre todo, siento tanto no haber sabido cómo seguir queriéndote.
Llevo más o menos desde ese mayo helado arrastrándome entre cristales rotos. Casi se me desangra el alma. Sufriría con gusto veinte mayos más si pudiera borrar todas tus lágrimas.
Ojalá la vida te cruce con alguien mejor que yo.
Te debo tantas cosas que voy a necesitar otra vida para arreglarlo todo.
Ya sé que te dije que no me iría, pero me he despeñado varias veces por este camino.
Me gusto más cuando no me intoxicas, cuando me acuerdo de quién soy, qué hago y por qué lo hago. Me gusto cuando pienso bien en las consecuencias de mis actos, cuando intento ser feliz haciendo felices a los demás. Me gusta esta versión.
(Las canciones tristes siempre serán tristes, y a mí me gustan así.)
Creí mi hogar apagado y removí las cenizas... Me quemé la mano. Antonio Machado.
La lluvia acaba volviendo, al fin y al cabo.
Siempre he pensado que tengo una excelente memoria. Puede que la haya sobrestimado, o quizá no funcione como debería. Estoy todo el rato olvidando que la pena vuelve como la marea. Me he envalentonado mucho últimamente, y me ha dado en la cara. Me ha calado la ropa.
Al menos no ha llegado a los huesos. Supongo que es un paso.
(Espero que el paso sea hacia delante.)
Es curioso. Me he leído como si fuera otra persona. Como si los soliloquios no hubieran salido de mis monstruos y mis fantasmas.